vocación

SEGUIRLE SIENDO MERCED

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¿Y si Dios también está pronunciando tu nombre en lo profundo de tu historia?
Hay llamadas que no hacen ruido, pero transforman la vida entera desde dentro.
La vida mercedaria misionera es camino de libertad: para amar, servir y redimir con Cristo.
En un mundo herido, tu entrega puede ser presencia de misericordia donde más se necesita.
No se trata de dejarlo todo, sino de encontrarlo Todo en Aquel que te llama.
Atrévete a escuchar, a discernir, a dar un paso con confianza.
Quizá tu vocación es ser esperanza viva como Mercedaria Misionera.

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¿Que es vocación?

La palabra “vocación” significa llamada. En la fe cristiana, es la certeza de que Dios sigue pronunciando nuestro nombre, como lo hizo con Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,9). No es solo una elección personal, sino el descubrimiento de que nuestra vida tiene un sentido más grande, pensado y amado por Dios desde siempre.

La vocación se va revelando en la historia concreta de cada persona, en sus deseos más profundos y en sus preguntas.

Como al profeta Jeremías, Dios nos recuerda: “Antes de formarte en el vientre, te conocía” (Jer 1,5).

Por eso, escuchar la vocación es aprender a leer la propia vida con fe, reconociendo la presencia de Dios en lo cotidiano.

Es un camino que requiere silencio, escucha y valentía. El Papa  Francisco lo expresa con sencillez: “Toda vocación nace del encuentro con Cristo que nos ama y nos llama”. En ese encuentro, el corazón se ensancha y comienza a intuir una alegría profunda que orienta la vida.

La vocación cristiana es, ante todo, una llamada al amor y al servicio. Jesús mismo nos dice: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido” (Jn 15,16).

Cada persona responde de manera única: en la vida familiar, en el compromiso laical o en la vida consagrada. 

                 

DIOS LLAMA CADA DÍA      

 

En la vida mercedaria misionera, esta llamada se vive siguiendo a Cristo Redentor, con un corazón disponible y misericordioso, especialmente allí donde la libertad está herida.

Preguntarse por la vocación es abrirse a una posibilidad mayor. Es decir con confianza: “Aquí estoy, Señor” (cf. Is 6,8) y dejar que Él guíe el camino. Porque la vocación no quita vida, la transforma; no encierra, libera; no apaga sueños, los convierte en misión.